Pese al coronavirus, venezolanos siguen llegando a la frontera para partir hacia Colombia



Fabiola Barrera || La Prensa Táchira

 

 

 

Rostros cansados, pieles quemadas por la acción del sol y pies llenos de burbujas y úlceras, es solo una muestra de lo que a diario padecen quienes decidieron emprender camino a pie desde sus hogares hasta Colombia. Cientos de kilómetros han dejado huellas no solo en sus cuerpos, sino en sus almas. Las evidencias de que el viaje ha sido duro para todos, sin excepción, están a flor de piel.

Fabiola Barrera || La Prensa Táchira 

En grupos de diez, doce y hasta quince personas caminan a la orilla de la carretera que conecta a San Cristóbal con los municipios fronterizos del estado. Con lo poco que puede caber en un bolso, acompañados o solos, emprendieron el camino. Unos con cuatro días en carretera, mientras que otros, oriundos del oriente del país, ya llevaban una semana de travesía. Este martes, bajo la lluvia, el sol y el frío, los caminantes, como les dicen, narraron sus vivencias al equipo de LA PRENSA.

Con rostros curtidos producto de la arenilla que se espolvorea por el camino, quizás cansados y agotados por el camino cuentan que la falta de oportunidades en sus regiones fue lo que los obligó a tomar la decisión de emprender por primera vez ?para unos- o retornar para otros, la vida en tierras extranjeras.

Como si lo hubieran ensayado por mucho tiempo, todos dicen voy a otro país a “trabajar para mandarles a nuestras familias” como principal motivación. La falta de servicios públicos en sus regiones fue lo que los sacó de sus casas. “Monagas es un estado con la mayor reserva de gas y en cuatro meses no llega un cilindro de gas y los venden en diez o 20 dólares”, cuenta Jesús Fernández, quien se dedicaba al comercio informal en Maturín.

Vienen de todas partes del país. Guárico, Monagas, Yaracuy, Aragua, Carabobo, Sucre, Anzoátegui y Distrito Capital, éstas son las regiones que más migrantes aportan al éxodo que inició desde la apertura comercial en el vecino país de Colombia, donde, de acuerdo a información de las autoridades de ese país, se concentra la mayor cantidad de venezolanos. Docentes, amas de casa, comerciantes informales, entre otras profesiones son las que ejercían en su tierra, pero el alto costo de la vida no les dejó otra alternativa que migrar.

“Caminamos más tiempo que lo que pasamos en cola. Venimos a pie desde Barinas. Allá en Barcelona trabajábamos revisando basura, allá no hay más nada. Trabajábamos de recicladores, colaboradores en una escuela haciendo comida o en casa de familia”, agregó Freddy Guevara Castro, reciclador de oficio y a quien la situación lo golpeó de tal manera a él y a su familia, que decidió abrirse paso hacia Colombia, pues a veces si acaso tenían una sola comida al día.

La necesidad de lograr mejores oportunidades laborales en otras tierras, les motivan a viajar, pese a los evidentes riesgos que representan las carreteras venezolanas, que también muestran un rostro golpeado por la crisis, pues el abandono gubernamental llega a todos los niveles.

Los más jóvenes, aseguran que el deseo de mejores oportunidades de vida, los llevó a decidir emprender la larga caminata. “No podemos comprarnos ni ropa. Queremos tener una vida decente, que podamos vivir cómodos”, dijeron.

Denuncian que si bien muchas personas los ayudan, los uniformados pertenecientes a diferentes cuerpos de seguridad los obligan a bajarse de los vehículos que les dan un aventón. “En las alcabalas de los policías nacionales, a todo caminante que viene después de las siete de la noche lo agarran y le revisan todo, le quitan lo poquito que tenga de valor y se lo roban”, dijo Ana Oviedo, quien trabajaba como madre elaboradora en una escuela.

Poco antes de llegar al punto, si van a pie, se separan para no alertar a los uniformados y caminan lo más natural que puedan, obviando el cansancio y el dolor de sus pies. Poco a poco y tratando de pasar desapercibidos, camuflándose entre las demás personas, logran pasar y aguardan por el resto del grupo metros más adelante, donde no los vean los funcionarios.

Relatan que si acaso comen una vez al día, a pesar de mantenerse caminando durante mucho tiempo, pues no cuentan con dinero para comprar más alimentos. Con el poco dinero que lograr reunir, por lo general en dólares, compran alimentos que no necesiten cocción y no sean perecederos. Pan, frutas como cambures, mandarinas y naranjas es lo que consumen en el camino. En estos grupos no hay individualidades, pues entre todos comparten el mucho o poco alimento, en especial con los niños.

En medio del recorrido, metros más adelante había un grupo mucho más numeroso y con bastantes niños, a orillas de la carretera, preparando aguapanela. Narraron con pena que a algunos el hambre los ha llevado a alimentarse con comida cruda. “Unos cristianos les regalaron una comida, pero tenían mucha hambre y se comieron ese arroz así, crudo”.

Agradecen la ayuda que muchas personas les han brindado, sobre todo a los niños, pues muchos infantes también caminan con sus padres en busca de un mejor futuro. El cansancio en ellos es más evidente. Sus cortas piernas deben trabajar el doble para mantener el paso de los adultos. Muchos lloran y se quejan por la fatiga, pero deben soportar, pues los grandes llevan sobre sus espaldas el equipaje de todos.

Los andinos, los más cordiales

Destacan la hospitalidad de los tachirenses pues aseguran que en esta entidad es que más apoyo han tenido por parte de sus habitantes.

Con agua, café, panes, refrescos y hasta con mangueras para asearse los han apoyado. Comentan que desde que llegaron al Táchira, notaron la diferencia en la idiosincrasia de los que habitan esta tierra, pues son los que más ayuda les han brindado. Hasta les orientan sobre los lugares donde pueden pernoctar o bien por donde no deben pasar.

Señalan que los niños mueven las fibras de todos, pues son tan indefensos y vulnerables que todo el que los ve, procura ayudarles con lo que pueda. Incluso los más pequeños ya casi no tienen ropa, pues al no contar con pañales, ensucian sus ropas y deben desecharlas.

Relatan que son miles los caminantes que aún vienen en camino. “Y vienen niños más pequeños”.

Algunos decidieron volver al país y quedaron atrapados por las restricciones de la cuarentena por el Coronavirus, pero ya no aguantaron más la situación en Venezuela, por lo que decidieron regresar así fuera caminando para continuar con sus trabajos. Unos albañiles, las mujeres como cocineras y peluqueras, mientras que otros “en lo que salga”.

Cuentan que en Santa Bárbara de Barinas, un bebé lactante murió en brazos de su madre, quien no contaba con nada para alimentarlo. El sol habría deshidratado al niño al punto que sucumbió ante la mirada de quienes le acompañaban. “El bebé se le murió en los brazos porque no le daba comida y no tenía agua. El bebé por el sol no aguantó. Nadie le daba la cola y tuvo que dejarlo en la vía. Ella ya debe haber llegado a Colombia”, dijeron.

Poco aseo

Para bañarse no pierden la oportunidad si pasan cerca de un río. Sin embargo son contadas las veces que han podido asearse desde que salieron de sus hogares. “Con peroles o personas que nos prestan ayuda”.

Al llegar la noche, todos se organizan para buscar resguardo y tratar de descansar. Las pasarelas son las mejores posadas para los caminantes, pero si no consiguen un mejor lugar, a la orilla de la carretera pernoctan en guardias, donde los hombres hacen de vigías, mientras que las mujeres y niños tratan de reponer fuerzas. Otros con más suerte, logran hacerse un lugar en un porche de una casa, donde duermen más seguros.

Encomendados a Dios piden hacerse invisibles ante las alcabalas que se le venían, pues al estar en el trayecto final, esperan no tener más problemas de los que ya se les han presentado. “Si Dios nos ha ayudado a llegar hasta aquí, él nos abrirá el camino para poder pasar”, dijo una de las caminantes, antes de emprender de nuevo el duro camino que les deparaba.



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