Marta García Aller


“Las máquinas se encargarán de lo previsible; los humanos, de todo lo demás”, valora Marta García Aller en Lo imprevisible (Planeta), su cuarto libro, en el que reflexiona sobre algoritmos, inteligencia artificial, amor o pandemias después de conversar con varios expertos. En una sociedad marcada por el desarrollo tecnológico y la creciente incertidumbre, la autora dibuja, a golpe de espíritu crítico con tintes de humor, un retrato de nuestro tiempo.

¿Qué le impulsa a escribir Lo imprevisbile? Me fascina cómo la tecnología está cambiando el mundo. Quería resumir el desafío que tenemos con la inteligencia artificial, que está en todas partes prediciendo nuestros comportamientos y cambiando nuestra forma de viajar o de enamorarnos. Es importante saber cuán libres somos si una máquina sabe nuestros planes.

Aunque, cuando parecía que podían predecirlo todo, la pandemia nos pilló desprevenidos… De hecho, la imprevisibilidad es el concepto que define nuestro tiempo. El libro ya estaba escrito cuando llegó la pandemia, pero decidí hablar de ella en las páginas. Creo que tiene un valor histórico volver a recordar esas semanas de irrealidad… Hasta salir a comprar el pan durante la cuarentena suponía un desafío.

¿A quién rendimos cuentas cuando los algoritmos actúan de manera injusta? Aunque culpemos al algoritmo, la responsabilidad recae sobre quienes lo han programado. Algunos han tenido consecuencias racistas, como los que se usaban en los juzgados de Estados Unidos. Era más fácil que las personas negras entraran a la cárcel porque el algoritmo estimaba que podían reincidir, pero no era verdad. En España ya se usan cámaras de reconocimiento facial para detectar a personas peligrosas en la entrada de los supermercados… ¿Cómo sabemos que esos algoritmos no se equivocan? Hay que exigir transparencia sobre la configuración de esta tecnología.

¿Pasa lo mismo con el Big Data? Sí. Necesitamos saber más sobre su potencial, ya que tiene resultados muy poco éticos que pagamos con una falta de comprensión sobre lo que es mejor o peor. Para los políticos, avanzar en este campo debería ser una de las prioridades absolutas, ya que una regulación más justa del Big data y de la inteligencia artificial supone que los algoritmos no sigan patrones racistas, clasistas o machistas. Es decir, el primer paso para lograr justicia es enterarse mejor de cómo funciona esta tecnología. No es tan difícil como nos hacen creer y es importante que se involucre la sociedad civil.

marta garcía aller

  • Madrid, 1980. Periodista y escritoria. 

Marta García Aller (Madrid, 1980) es periodista en El Confidencial, La Sexta y Onda Cero y profesora en IE Business School y en ICADE. Su labor ha sido reconocida con galardones como el Premio Vodafone de Periodismo en la categoría Economía. ‘Lo imprevisible’ llega tras libros como ‘El fin del mundo tal y como lo conocemos’.

¿En qué punto se encuentra la lucha contra las noticias falsas? Tras la cuarentena, los bulos han incrementado. Estamos cansados de hablar de las fake news pero, en realidad, solo están iniciando su recorrido. Existen algoritmos para generar imágenes y audios falsos que recrean cosas que supuestamente ha hecho una persona, pero el ojo humano es incapaz de notar si es mentira. Estas tecnologías avanzan más rápido que el espíritu crítico y enfrentarlas es un gran reto.

Opina que “los vídeos de gatitos amenazan la democracia”. Me refiero a lo viral. En esta década, vamos a dejar de fiarnos de lo que ven nuestros propios ojos. Los algoritmos que vemos en Facebook están diseñados para ser llamativos. La conversación en las redes sociales está cada vez más polarizada, lo que arrastra a la opinión pública. Y esto no debería ocurrir: las redes sociales no reflejan la realidad de la calle. Seguramente, la mayor parte de la gente es moderada, pero solo ponemos el foco en las opiniones más extremas.

Es más fácil que se vuelvan virales… El sentido común se extiende peor que las ideas extremistas. Si fueramos conscientes de ello, podríamos desactivarlo, pero aún hay mucha ingenuidad en las redes sociales. 

En el libro cuenta la historia de Akihijo Kondo, el joven japonés que se enamoró de un holograma. ¿Pueden llegar a normalizarse este tipo de relaciones? Este chico se casó con Hatsune Miku, una cantante que no existe. Es un matrimonio no homologable, pero a él le hacía feliz: le valía con llegar a casa y hablar con este pequeño holograma. Este fenómeno es más frecuente en Japón pero, desde el confinamiento, ha aumentado en Occidente. Algunas personas se enamoraron de sus asistentes virtuales, como Siri o Alexa, porque se sentían solas.

Akihiko Kondo durante la boda con el holograma de Hatsune Miku.

Y detrás de estos robots hay empresas… Claro, cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero no debemos olvidarnos de eso. Al pobre Kondo le apagaron a su ‘esposa’… No sé si existe el concepto de la viudedad virtual. Tampoco hemos estudiado qué consecuencias hay detrás de esto.

Recoge que el hijo de Uri Levine, el creador de Waze, no le quiso llevar en coche porque no podía usar el GPS. ¿Seríamos capaces de volver a resolver problemas a la antigua usanza? Yo cumplo 40 años, lo que quiere decir que voy a vivir más tiempo en el siglo XXI que en el siglo XX, aunque me sigo considerando más del siglo en el que nací, porque recuerdo el mundo antes de Google. La gente de mi edad piensa que las nuevas generaciones no entienden lo que es la vida porque llevan Google en el bolsillo todo el rato, pero yo soy muy dependiente del GPS…

¿Hay que dejar de hablar de un problema generacional? Somos injustos con los jóvenes cuando decimos que son muy dependientes de las nuevas tecnologías. A nosotros nos pasa igual. Tan dependientes como somos de la electricidad vamos a serlo de la inteligencia artificial, porque nos facilita la vida. Como curiosidad, hay una cosa que nos pasa a todas las generaciones: solemos llamar tecnología a aquello que se ha inventado después de que nosotros naciéramos. Por eso hay personas que piensan que las que han nacido después no valoran lo que es vivir como ellos saben. Hay generaciones para las que es un milagro que el agua salga de un grifo y que no tengan que ir a un pozo a por ella.

Subraya que “el día que las máquinas se rebelen, la ironía será nuestra salvación”. El humor es la última frontera para la inteligencia artificial. Es muy curioso que esta pueda llevarnos a Marte o consiga componer una sinfonía como las de Beethoven… pero no sepa ser graciosa. Es muy curioso, porque se trata de un proceso profundamente humano. A Siri le puedes pedir que te cuente un chiste, pero no lo entiende. En este campo hay una extraordinaria falta de progreso: los algoritmos son capaces de reconocer un tumor, pero no una broma. Así que, para mí, el humor, como al estupidez, resumen lo que nos vuelve imprevisibles a los humanos. Hemos sido muy generosos en prestar a las máquinas la palabra inteligencia… Nuestra salvación es la ironía.



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