Eduardo Barba, el hombre que hablaba con las plantas de los cuadros del Museo del Prado


La historia no empieza por el capítulo uno, como suele ocurrir, sino por el 32. Allí Eduardo Barba cuenta cómo un amigo le puso delante una xilografía del siglo XV, sacada del Hortus sanitatis, y le hizo la pregunta decisiva: “¿Podrías identificar esta planta?“. Eso fue lo que despertó en este hombre (Madrid, 1979) que es jardinero, botánico, paisajista, profesor de jardinería, viajero impenitente y apasionado del arte, una fiebre que ha terminado en este libro, El jardín del Prado.

La inmensa mayoría de los cuadros que hay en el Museo del Prado contienen vegetales. Unos son meramente decorativos: están allí de adorno o para rellenar un espacio. Otros son precisamente el espacio que contiene la escena que se refleja en el cuadro: los grandes bosques o jardines o parques que pintaron cientos de artistas, desde Fra Angelico a Watteau o Claudio de Lorena o Goya o tantos más.

En otros casos, menos numerosos, las plantas son nada menos que las protagonistas del cuadro: son los bodegones de, por ejemplo, Sánchez Cotán. Pero en muchos casos más, flores y plantas tienen una enorme carga simbólica, están transmitiendo un mensaje. La Virgen María nunca llevará o tendrá cerca una belladona, por ejemplo, que es el símbolo de la falsedad y de la muerte, pero muchas veces se la ve con azucenas, símbolo de la pureza. El alhelí blanco significa modestia, como la violeta, pero el rojo simboliza la perdurabilidad del bien y de la belleza: por eso lo pintó Gerard David junto a la Virgen y al Niño en el cuadro que hay en el Prado.

Eduardo Barba gómez

Jardinero, botánico, paisajista, profesor de jardinería y autor de ‘El jardín del Prado’.

Eduardo Barba emprendió hace años la gigantesca tarea de identificar las decenas de miles de flores y plantas que hay en los más de 8.000 cuadros que contiene el gran Museo, aunque el público solo puede ver unos 1.500.

Los vigilantes de las salas pronto se acostumbraron a ver a aquel señor que casi metía la nariz en los lienzos, muchas veces con la ayuda de una lupa. Las buscó todas. Las grandes y las pequeñas. Las ostentosas y las que casi no se ven. Las conocidas, como el trébol o la rosa, y las que cuando el artista las pintó resultaban exóticas, como el drago que pinta El Bosco en El jardín de las delicias. El libro que acaba de publicar, El jardín del Prado (Espasa), contiene una mínima parte de todo lo que este hombre sabe y ha encontrado.

Portada de 'El jardín del Prado'.
Portada de ‘El jardín del Prado’.
EDITORIAL ESPASA

El lector seguramente se enterará con este libro de que Juan de Flandes, a principios del siglo XVI, pintó varios grupos de margaritas en su maravillosa Crucifixión. Parece que están allí de adorno. Pero no es verdad: solo las chiribitas (ese nombre prefiere el autor) que crecen al pie de la cruz tienen los pétalos blancos con un reborde rojo: ahí está la sangre del Cristo muerto. Las demás son todas blancas.

Sabrá que Rubens y Brueghel incluyeron más de un centenar de plantas distintas en el cuadro La Virgen con el niño, pero que una de ellas, nada fácil de ver, es la vincapervinca, de pétalos blancos o azules. Descubrirá que en el tríptico de La adoración de los magos, Hans Memling pintó en primer término lo que tenía que pintar, que es la escena con los reyes y la sagrada familia. Pero detrás de la Virgen hay un pesebre de madera, y en el fondo del pesebre una ventana, y mucho más atrás de la ventana hay un muro de ladrillo o adobe… en el que crece, con el tamaño de una uña, un alhelí amarillo, que es el símbolo de la fidelidad en la adversidad. ¿Alguien más que Memling y Eduardo Barba sabía que esa flor estaba allí? Pues, desde luego, no mucha gente más.

El clavel en 'El columpio' de Goya y las malvas en 'San Antonio Abad y san Pablo', de Velázquez.
El clavel en ‘El columpio’ de Goya y las malvas en ‘San Antonio Abad y san Pablo’ de Velázquez.
EDITORIAL ESPASA

La mayoría de las flores tienen aroma, y el olor es uno de los sentidos que más rápida y certeramente despiertan nuestros recuerdos. Así, Barba aprovecha cada cuadro y cada planta para recordar dónde la vio por primera vez, en qué país, a qué hora del día, con quién. Es su vida la que brota detrás de los colores de los azulejos que pintó Patinir, o de la simbólica higuera que Fra Angelico puso a la izquierda de su Anunciación, o de los jacintos blancos, azules y rosados que Maella puso en el sombrero de la infanta Carlota Joaquina (pero casi nadie se fija más que en el pájaro posado en su mano), o en el jazmín blanco (la elegancia, la gracia) que lleva en la mano el niño que más tarde sería Carlos III, en el cuadro de Jean Ranc.

Un libro, pues, apasionante y apasionado, lo mismo que su autor. A quien se diría que solo le falta hablar con las flores de los cuadros, como hace con las flores de verdad. Sin la menor duda lo hace.



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