aprender con Beethoven, animarse con Wagner


Ludwig van Beethoven compuso su Primera Sinfonía con 30 años. A esa edad ya había empezado a notar los primeros acúfenos, avanzadilla de una sordera que afectó inevitablemente a su manera de hacer música.

Aunque no supiéramos nada más de este genio romántico, sí conocemos algunas de sus piezas más famosas, como la Para Elisa, el Himno a la Alegría –adoptado como himno europeo– y, seamos o no conscientes, el Minueto del Septimino. Si esta última no la han adivinado, quizá deban recordar la cabecera de una popular serie animada de finales de los 70: Érase una vez… el hombre. Curiosamente, en la versión original francesa optaron por Bach y su Tocata y fuga en re menor.

Es evidente que la influencia del alemán va más allá. Tanto, que hasta el Stand by Me de Ben E. King, entre otros temas inolvidables, bebe de aquella sinfonía inicial. Estas cosas las cuenta desde el escenario –en camiseta y zapatillas–, batuta en mano, Edgar Martín (41), director al frente de la Orquesta Sinfónica Camerata Musicalis.

Al otro lado, un público que se nota fiel acepta motivado el contexto previo a la pieza que se va a interpretar y no duda en participar en el juego que propone ¿Por qué es especial?, un espectáculo que acaba de arrancar en el Teatro Nuevo Alcalá de Madrid su cuarta temporada y que da una vuelta asequible a los conciertos de clásica. Martín sigue con la exposición: cómo era Beethoven, qué circunstancias de vida tenía, por qué rechazaba hacer encargos… “Utilizo una manera de hablar cercana, con algunas bromas, un humor blanco que llega a todo el mundo”, explica a 20minutos antes de la función.

Esta vena divulgadora nació por accidente. Estudió la carrera de Violín, la de Composición y, finalmente, se hizo director de orquesta, lo que le hace más “feliz”. “Me vi con la necesidad de estar en contacto con la música, de poder entenderla”, añade, por eso un día se le ocurrió contarle “cuatro cositas” a la audiencia. Ahora lo hace, según manda la pandemia, con mascarilla y sin intermedio. Hay que adaptarse a todo.

El director de orquesta, durante la entrevista con 20minutos.
JORGE PARÍS

La música clásica no es un compartimento estanco, de hecho, la tenemos muy presente. “Es interesante saber de otras músicas para poder decir ‘fíjate, esto surge de aquí o esto viene de allá’”, comenta. Y recurre, con su deje pedagógico, al reguetón –”un sonido largo, otro muy corto y dos cortos medios”–, que viene de la Teoría de los afectos del Barroco, en el siglo XVII, que estableció “una tabla de ritmos que nos provocan un estado anímico”. También existe una conexión musical con la Literatura y la Pintura. Como ejemplo, “la amistad entre Pablo Picasso y Manuel de Falla” y la escenografía pensada por el malagueño para El sombrero de tres picos, estrenada en 1919 en Londres.

Durante la primera parte de ¿Por qué es especial? los músicos se prestan a las licencias de su director, adelantando partes llamativas de la pieza de ese día, gesticulando o haciendo guiños –sin estridencias–. Quien lleva la batuta no está allí de adorno. Un director, explica Martín, “sirve para unificar pulsaciones, para que todos sintamos la música al mismo tiempo, a la misma velocidad, que todos respiremos juntos”. Además, hay que cuidar el balance y lograr la articulación de cada frase musical. Sabe de lo que habla: con 12 años ya componía piezas “sencillitas” para cuarteto de cuerda. Le movía una “curiosidad por el efecto del sonido” que no ha desaparecido con el tiempo.

Han pasado 35 minutos y Martín desaparece un momento de escena para regresar vestido de frac; Beethoven vuelve en todo su esplendor. ¿Es un compositor con el que iniciarse? “Depende de cada persona”, dice, “si a una muy activa le pongo el Réquiem de Fauré, que es muy tranquilo, va a decir ‘odio la música clásica’. Mejor la conocida como Cabalgata de las valquirias, de Wagner.

Sin embargo, para alguien más retraído, “al que le gusten los detallitos”, le recomendaría Mozart, con su melodía acompañada, su elegancia y su claridad. Para las personas “supersensibles, apasionadas”, Mahler es más apropiado. También hay que tener en cuenta el país de origen del autor, porque el barroco de Bach –alemán, más denso– no se parece al de Vivaldi –italiano, más ligero–. Al final, suele haber conexión. “La música está en relación directa con el ser humano, porque el sonido es vibración y nosotros, también. Me parece algo precioso”.

Edgar Martín muestra una partitura.
Edgar Martín muestra una partitura.
JORGE PARÍS

No se olvida de ellas, las compositoras, que las hay. Y hace mención a Nannerl, hermana de Mozart, que compartía cuaderno con el autor de La Flauta Mágica cuando eran pequeños y pudo firmar algunas de “esas primeras obras de 1760, 61 o 62”. Y a María de la O Lejárraga, autora real de El amor Brujo, atribuido a su marido, Gregorio Martínez Sierra. “Se empieza a saber que había muchas mujeres que firmaban bajo el seudónimo de sus maridos, sus primos o alguno inventado”, comenta Martín, que aboga por “hacer una investigación profunda de todas las grandes obras con nombre masculino”.

En las próximas funciones de ¿Por qué es especial?la siguiente, este domingo 15 de noviembre– el público podrá aprender más sobre Zarzuela, Schubert, los valses y las polkas o Brahms.





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