¡Ant-Man no es el único! Cariño, he encogido a los protagonistas


El mundo desde la perspectiva de una diminuta hormiga. El más pequeño de los superhéroes de Marvel estrena nueva película, Ant-Man y la Avispa, nuevamente protagonizada por Paul Rudd se estrenó en nuestros cines este miércoles 4 de julio, dos días antes de su llegada a los cines norteamericanos.

Como principal novedad Michelle Pfeiffer interpreta a Janet Van Dyne, la primera de las superheroínas que durante los 80 formaron parte de S.H.I.E.L.D. y esposa del científico Hank Pym (Michael Douglas). Evangeline Lilly (Kate en Perdidos) repite como Hope, la hija de Janet, y la villana de esta segunda entrega será Fantasma (Hannah John-Kamen).

Pero Ant-Man no ha sido el único en comprobar los beneficios de tener unas proporciones tan reducidas. Las pasadas navidades se estrenó Una vida a lo grande (Downsizing) en la que un tipo normal y corriente (Matt Damon) se dejaba seducir por esta posibilidad como opción, parte de un experimento científico, para hacer frente a sus problemas financieros. Más pequeño, menos gasto en comida y recursos.

Sin embargo, el gran clásico y referente del género de las reducciones de tamaño es El increíble hombre menguante dirigida por Jack Arnold y estrenada en 1957. Ciencia-ficción de pesadilla y un trasfondo existencialista en el que su protagonista iba encogiéndose cada vez más y más, hasta dimensiones inimaginables. Adaptaba la novela de Richard Matheson.

El sorprendido personaje, después de cruzar una niebla radioactiva, se convertía en potencial alimento para arañas peludas, los gatos eran gigantescas amenazas y su relación con el mundo, y el universo, adquiría definitivamente otras connotaciones. Sin moverse de los márgenes de las producciones de ciencia-ficción de bajo presupuesto, al año siguiente se estrenó Attack of the Puppet People, de 1958, con un grupo de jóvenes transformados en “adorables” muñecos vivientes; y en 1981 suna especie de remake del filme de Jack Arnold, pero en clave de comedia y versión femenina, La increíble mujer menguante. No tuvo buena recepción, ni de crítica ni de público.

El tema había dado antes un par de notables clásicos en el género fantástico. Muñecos infernales de 1936 y dirigida por Tod Browning, el realizador de Drácula de 1931 o de la obra maestra que es Freaks. La parada de los monstruos; y Dr. Cyclops, de 1940, rodada en technicolor por Ernest B. Schoedsack, uno de los artífices de King Kong. En ambas, hombres intrépidos y chicas jóvenes, todos conejillos de indias del científico loco de turno.

La miniaturización con fines médicos. Esta era la propuesta de otro título icónico título de la ciencia-ficción, Viaje alucinante de 1966. Se avanzaba a la nanotecnología pero con seres vivos. Durante la Guerra Fría de Estados Unidos con Rusia, un equipo especializado era reducido a tamaño microscópico e introducido en el cuerpo de un científico para salvarle la vida.

Viaje alucinante (1966)

Fue un éxito de taquilla e inspiró también en los 80 una divertida variante, la muy estimable El chip prodigioso (1987) producida por Spielberg y realizada por Joe Dante, el director de los Gremlins. Ambas ganaron el Óscar a los mejores efectos visuales, y también el de mejores decorados en el caso de Viaje alucinante.

Pero en ese resurgir del tema que se vivió en los 80, el taquillazo se lo llevó una comedia familiar de Disney, Cariño, he encogido a los niños (1989), que protagonizó Rick Moranis y que originó dos secuelas más, la segunda directamente a vídeo, además de una envolvente experiencia en 3D exhibida en sus parques de atracciones. Los estudios de tío Walt tienen en mente un posible remake que podría estrenarse en su plataforma de contenidos en streaming.

En cambio, menos interés suscitaron Los Borrowers, una película de 1997 protagonizada por John Goodman y unas criaturas humanas de solo 6,5 centímetros alegremente instalados bajo la superficie de un caseró. La aventura consistía en proteger su hogar de las especulaciones inmobiliarias.

En el país de las maravillas

Los pioneros del cine también se las apañaron para mostrar personajes diminutos, y sin apenas medios económicos o técnicos. El primer gran antecedente fue un corto británico mudo de hace 115 años que realizaba una abreviada versión del clásico Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll.

Duraba unos 9 minutos y sus trucajes ópticos eran tan primitivos como efectivos para la época, adelantándose en su adaptación a la clásica de dibujos animados de Disney de 1951 o la de Tim Burton, en imagen real, de 2010.

Más moléculas revolucionadas en un par de rarezas que nunca llegaron a estrenarse comercialmente en nuestras salas. Una es la producción francesa Amour de poche (1957) con una peculiar relación de amor entre un despistado científico y su joven secretaria. La chica acababa convirtiéndose en “el amor de bolsillo” a la que se refería el título.

La segunda Wild Wild Planet (I Criminali della Galassia, 1966), una película italiana en la que un mad doctor secuestra a incautos ciudadanos para sus experimentos genéticos. Las dos eran producciones de muy bajo presupuesto, con evidentes limitaciones, pero curiosas.




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