‘Almáciga’, un semillero de palabras del medio rural


Trabaja en el campo y escribe sobre él. Sus dos anteriores títulos, Cuaderno de campo (La bella Varsovia, 2017) y Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019), así como sus múltiples conferencias, hacen de María Sánchez una de las voces más reconocidas en la defensa del feminismo rural, la agroecología, la soberanía alimentaria o lo común. Ahora, a través de Almáciga. Un vivero de palabras de nuestro medio rural (GeoPlaneta) ilustrado por Cristina Jiménez, la autora recupera términos en desuso con el objetivo de enriquecer la “biodiversidad del lenguaje”.

El proyecto, que nació como un cuaderno de notas, ha ido creciendo hasta convertirse en un libro que da refugio a las distintas maneras de decir, a las jergas y a los acentos que heredamos de nuestros antepasados. Un plantario de palabras que hablan de personas, genealogías familiares, oficios o territorios.

“Están hiladas entre sí para contar una historia que no solo trata de su significado, sino de lo que hay detrás de ellas. Están vinculadas al suelo, a la semilla, a los animales. Hablan de una forma de producción totalmente diferente a la que se incentiva ahora, una que no está enfocada a la vida, que no pone tampoco la alimentación en el centro, ni es sostenible con la tierra”, cuenta a 20minutos.

El título, tal y como relata en el libro, fue sugerencia de su padre y se refiere, según la RAE, al “lugar donde se siembran y crían los vegetales que luego han de trasplantarse”. Una voz que María rescata haciendo de ella “una especie de madriguera para las palabras que corren peligro de desaparecer y que comienzan a dejar de ser oídas y nombradas”, lo que le permite establecer metáforas entre la siembra y la escritura. 

“Escribir y reescribir se parece a ese momento en el que empiezan a crecer las plantas en una almáciga”

“Escribir cómo desperdigar semillas con las manos. Escribir para apretar con decisión la tierra tras la siembra. Escribir como abrirse camino entre la maleza”, afirma entre sus páginas. “Escribir y reescribir -nos confiesa- se parece a ese momento en el que empiezan a crecer las plantas en una almáciga, donde surgen los brotes de las primera imágenes. Si nacen hierbas que no te interesan para tu cultivo, las puedes quitar, pero si te gustan, se siembran a chola, como se dice en euskera. Sucede lo mismo con la escritura”.

Almáciga es un vivero de palabras del mundo rural con el que la autora recupera hablas y voces que han sido tradicionalmente asociadas a adjetivos tan poco afortunados como paleto, cateto o pueblerino. La cultura rural también es cultura, defiende María. Una cultura que no debe llevar apellidos ni ser desdeñada desde lo urbano. 

“En mi día a día trabajo por otras formas de producción en el campo, por las razas en peligro de extinción, por el pastoreo”

“En mi día a día trabajo por otras formas de producción en el campo, por las razas en peligro de extinción, por el pastoreo, por la agroecología, por la soberanía alimentaria, por la ganadería extensiva y por la reivindicación de lo común, por lo que para mí era importante usar este lenguaje y reclamarlo. Quería dar a estas palabras el protagonismo que se merecen, y dignificarlas, porque son cultura viva y patrimonio de todos, seamos de ciudad o de pueblo”, afirma.

El nuevo libro de María Sánchez no es un diccionario cerrado, sino en continuo movimiento, como un proyecto vivo, colectivo, que encuentra continuidad en la web almáciga.es, a la que se puede ayudar en su crecimiento con el envío de nuevas palabras. La primera de ellas, ‘aparadora’, ya está en línea y se refiere a “la mujer que apara, cose a máquina las pieles del zapato para darles forma y ajustar”. 

“‘Trasnocho’ hace referencia a una reunión de mujeres, sobre todo en la zona norte de los pueblos de Soria”

María comparte con este diario una de las próximas voces que nutrirá el glosario: “Cristina Jiménez, autora de las ilustraciones, me ha regalado ‘trasnocho’, algo parecido al ‘filandón’ en León y que hace referencia a una reunión de mujeres, sobre todo en la zona norte de los pueblos de Soria, por las noches, las temporadas en las que los hombres que se dedicaban a la trashumancia permanecían fuera del hogar. Cada vez se reunían en una casa distinta para ahorrar candil, para tejer y contar historias. Pero cuando llegó la luz eléctrica, desapareció esta costumbre”, nos cuenta.

Como afirma la autora en el libro, “estas palabras son desconocidas, extrañas, ausentes. Pero tocan, remueven y despiertan algo que no se puede nombrar, que llevamos dentro y que sigue ahí, latente, esperando la luz adecuada para ser visible y hacerse notar”. Y es cierto, muchas generan emociones solo con leerlas. Aquí la prueba:

  • Petricor: olor que se produce cuando cae la lluvia sobre la tierra seca.
  • Seher: se usa para llamar al viento de las mañanas, que se cree que ayuda a las plantas a desarrollarse y crecer.
  • Cencellada: se utiliza cuando el campo amanece teñido de blanco por la helada y la noche.
  • Oriscana: la última luz de la tarde. Esa que comienza a ahogarse y que es la señal para aquellos que podrían estar fuera a la intemperie, y deben comenzar el regreso a casa.
  • Pergañas: semillas que se enganchan en la ropa y en las botas después de caminar por el campo. También pueden referirse a esos pequeños pegotes de barro que quedan en nuestros pies.



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