Steven Spielberg, perdido en un estridente batiburrillo de cultura pop


Está claro que Steven Spielberg solo sigue siendo Steven Spielberg, más o menos, cuando se pone serio, como en El puente de los espías o Los archivos del Pentágono. Su chispa para las superproducciones de corte familiar hace tiempo que se apagó. Fue allá por 2005, tras unos breves destellos en La guerra de los mundos.

Muchos esperaban que Ready Player One volviera a encender la llama de su genialidad, pero no ha sido así. Esta aventura, basada en el best seller homónimo, cojea en casi todos sus elementos, lo cual podría considerarse un acto de fidelidad hacia el material original, que ya es bastante flojo de por sí.

La historia, tal y como sobreexplica la voz en off del protagonista, tiene lugar en un futuro distópico en el que la gente es tan desdichada que ha preferido abandonar su vida real para vivir en Oasis, un mundo de realidad virtual donde las personas pueden ser y hacer lo que quieran. Cuando el genio creador de ese universo muere, deja a modo de testamento un reto: el primero que encuentre y supere tres pruebas muy bien escondidas (algo que en videojuegos se llama huevos de pascua o easter eggs) heredará la multimillonaria empresa.

Y así comienza el periplo del héroe, Wade Watts, a medio camino entre un mundo virtual de CGI (imágenes generadas por ordenador) y un mundo real de malos actores. El primero es una catedral de nostalgia prefabricada, un batiburrillo de referencias a la cultura pop que confía en que el espectador se emocione por saturación de elementos que le resultan familiares y conectan con su felicidad.

Aquí hay para todos. Se busca a los más jóvenes con elementos como los personajes de Overwatch, la nueva Lara Croft o la propia realidad virtual, y a los más talluditos con guiños que van desde Regreso al Futuro, Akira, el muñeco diabólico y Stanley Kubrick a Goro, de Mortal Kombat, Gundam, la Atari 2600 o el Gigante de Hierro, protagonista de una joya de la animación con mensaje antibelicista que aquí “mata” a centenares de enemigos a patadas, puñetazos y rayos láser.

Al final, entre tanto easter egg (en cine se llama así a esta especie de cameos), el largometraje parece más un gigantesco huevo de pascua que una película con algo interesante que contar.

Al margen de algunos diseños bastante feos o impersonales, el filme es, en sus momentos CGI, técnicamente impecable. Aquí, el desarrollo se dividide en tres actos. El primero es espectacular, el segundo, original e inesperado (quizás la parte con menos pegas de todo el metraje) , y el tercero, una colección de clichés muy predecible.

Peor es en la otra mitad del filme, la de imagen real. Mientras que el videojuego se reserva las escenas de acción, los actores tienen como objetivo aportar el peso emocional. No lo logran. Los personajes no tienen carisma, la historia de amor es infantiloide y artificial, la trama familiar está ridículamente vacía de carga emotiva y el mensaje de amistad solo funciona vagamente con dos personajes (existen otros dos que no son más que un pegote con el que simular una pandilla de amigos como las de las ficciones ochenteras).

Aun así, lo más flojo con diferencia es el villano, un tipo malo, muy malo, plano, muy plano, y rematadamente tonto que hace que la vergüenza ajena que a menudo roza el filme llegue a salir a la superficie. Añada ahora varias incoherencias argumentales, comportamientos incomprensibles y una moraleja totalmente contradictoria o, siendo generosos, bastante endeble.

Solo la historia del creador de Oasis tiene cierta profundidad. Pero no, la emoción del cine de Spielberg no está por ningún lado, ni su tensión, su épica o su sensibilidad. Aquí no hay nada memorable. Game Over.




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