El SIDA en Venezuela, como en los ochenta | América Latina | DW


El cuerpo de Alejandro Ortega está cubierto de manchas negras circulares. Las manos, los pies y hasta la cara del veinteañero dan la impresión de estar surcados por heridas mal cicatrizadas. “No te preocupes, no es contagioso”, dice mientras extiende su mano para saludarme. El médico que atiende a Alejandro en el Hospital Clínico Universitario de Caracas, en el corazón de la Universidad Central de Venezuela, explica que las manchas en cuestión son producto de una infección con hongos transmitida por las palomas. “Para la mayoría de las personas esos hongos son inocuos; su sistema inmunológico puede repelerlos. Pero para los portadores del virus de inmunodeficiencia humana (VIH) que se han visto obligados a interrumpir durante meses sus tratamientos con medicamentos antirretrovirales, como en el caso de Alejandro, esa infección puede ser mortal”, explica el experto sin tapujos frente al desesperanzado paciente.

El cuerpo demacrado, la cara pálida, la piel llena de costras; toda la fisonomía de Alejandro trae a la memoria a las personas seropositivas de la década de los ochenta, cuando la infección con el virus que causa el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) adoptó visos de pandemia. Las manchas negras de Alejandro recuerdan al sarcoma de Kaposi, un cáncer tan ubicuo entre las personas infectadas con el VIH hace cuarenta años que terminó siendo catalogado como uno de los síntomas típicos del SIDA. “Tienen el mismo aspecto, pero las lesiones cutáneas de Alejandro no pasan de ser una infección de la piel”, asegura el joven especialista bajo condición de anonimato para evitar problemas con el Gobierno. Más de un profesional de la salud ha sufrido represalias por denunciar o publicar fotografías que documentan las deficiencias del sistema sanitario nacional.

Trágica involución

Aunque Alejandro y otras veinticuatro personas seropositivas reciben atención ambulatoria en el centro de asistencia especializado más grande de Venezuela, todos lidian con el mismo problema: ellos han sido blanco de infecciones oportunistas porque dejaron de tener acceso al coctel de medicinas de la terapia antirretroviral combinada. A mediados de los años noventa, los medicamentos antirretrovirales constituyeron un punto de inflexión en el tratamiento de la infección con el VIH porque fueron los primeros en frenar o evitar la aparición de las enfermedades características del SIDA, en reducir la tasa de mortalidad asociada al síndrome y los índices de transmisión del VIH de la madre al neonato.

En 1996, dada la renuencia de los organismos del Estado a suministrar los medicamentos antirretrovirales y la atención médica que necesitaban los pacientes seropositivos para no morir, organizaciones no gubernamentales -entre las que destaca Acción Ciudadana Contra el SIDA (ACCSI)- interpusieron demandas judiciales para obligar a las autoridades a asumir esas responsabilidades. El 15 de julio de 1999, el tribunal de mayor rango del país dictaminó que el entonces llamado Ministerio de Salud y Desarrollo Social debía garantizarle a todos los seropositivos el acceso cabal, regular y oportuno a los tratamientos pertinentes. Hoy, conseguir los medicamentos aludidos es casi imposible. “La actual situación de la mayoría de los pacientes es similar a la de hace tres o cuatro décadas, si no peor”, sostiene Martin Carballo, coordinador de la consulta de VIH/SIDA en el Hospital Clínico Universitario de Caracas.

“Esta es una tragedia”

Hace aproximadamente dos años, cuando los problemas económicos de Venezuela dieron pie a una crisis humanitaria, el Gobierno decidió reducir las importaciones de medicamentos. Al principio, esa medida contemplaba sólo los fármacos más elementales; pero después empezaron a escasear los antibióticos y los antiinflamatorios. Desde 2017, quienes más sufren por la falta de disponibilidad de medicinas son los pacientes con enfermedades crónicas que necesitan productos costosos. Las personas seropositivas comenzaron a padecer el desabastecimiento en 2016, pero su situación se tornó crítica el año pasado. “Esta es una tragedia. Para muchos, no poder consumir los medicamentos debidos equivale a una sentencia de muerte. En la clínica nos faltan medicinas desde hace cuatro meses; algunas de ellas dejaron de llegar hace medio año”, lamenta Carballo.

Los médicos del Hospital Clínico Universitario de Caracas enfrentan un dilema ético. Algunos opinan que, dada la precariedad de las condiciones de ese centro asistencial, no es posible acoger a nuevos pacientes seropositivos con complicaciones. Y es que junto a las terapias antirretrovirales ha desaparecido todo lo demás, desde los guantes esterilizados hasta las jeringas, pasando por los calmantes. “Trabajamos hasta el límite de nuestras fuerzas y ni siquiera así logramos que los enfermos mueran con dignidad. A los pacientes no les podemos ofrecer más que nuestra voluntad para ayudar y nuestros conocimientos. A los pacientes tenemos que pedirles que traigan agua potable de sus casas”, dice María Eugenia Landaeta, directora del Departamento de Infectología del Hospital Clínico Universitario de Caracas y expresidente de la Sociedad Venezolana de Infectología.

Precio prohibitivo el del preservativo

En Venezuela escasean también los preservativos y los que se consiguen son tan caros que el venezolano promedio no puede comprarlos; en las farmacias bien provistas, su precio equivale a entre el 20 y el 30 por ciento del salario mínimo mensual. Las autoridades sanitarias dejaron de repartir condones gratuitamente en 2016. “Ese es un problema serio. Aquí ya no hay control de natalidad y no sabemos a qué velocidad se están transmitiendo las infecciones venéreas porque el Estado dejó de publicar las estadísticas respectivas hace más de dos años”, apunta Nubia Laguna, de la organización no gubernamental Niña Madre, que atiende a madres jóvenes.

Todos los días, decenas de personas -a veces son más de cien- hacen cola frente al servicio ambulatorio del Hospital Clínico Universitario de Caracas. “Antes venían entre cinco y diez por semana. Hoy viene el doble por día”, comenta Landaeta, agregando que a ese centro asistencial también le faltan los reactivos necesarios para hacer las pruebas de despistaje del VIH. “Muy pocos venezolanos pueden recurrir al sistema sanitario público para saber si se infectó o no con el VIH. Para hacerse un examen hay que pagar extra. Y mientras no sepamos si el paciente es seropositivo o no, o qué tan alta es su carga viral, no podemos comenzar a tratarlo”, dice Davi Flora, quien también labora en el hospital universitario, dejando entrever por qué muchos de los afectados temen no vivir para ver el final de este círculo vicioso.

Yan Boechat (ERC/VT)

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